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20 Julho 2017

Hasta hace unos 15 años, no cualquiera era de izquierda. Incluso había que protegerse al decirlo, pues, los familiares, la sociedad, el Estado, trataban de estigmatizarlo con el propósito de amordazarlo en sus propósitos. Por muchos años reclamarse de izquierda o socialista o revolucionario, implicó muchas posibilidades en su contra: ser atacado, ser enjuiciado, ser menospreciado, ser muerto, etc. Algo parecido a lo que hoy enfrenta un declarado homosexual (degenerado) o una “mujer liberal” (puta); o lo que siguen viviendo por 500 años quienes tienen una apariencia física de tipo indígena o negro.

El artículo es de Atawallpa Oviedo Freire, publicado por ALAI, 19-07-2017.

Vea el artículo aquí.

En aquellas épocas, la mayoría de la gente de izquierda provenía de extractos populares, habiendo también un buen componente de gente que era parte de lo que Marx denominaba la “pequeño-burguesía”, aunque irónicamente, en la mayoría de los casos eran los dirigentes de la izquierda. En un gran porcentaje, era gente realmente comprometida e incluso algunos estaban dispuestos a entregar su vida por “la causa”. Muchos de ellos murieron como guerrilleros, en lo que se denominó el “foquismo” o su desesperación pequeño-burguesa por cambiar inmediatamente el sistema por medio de la violencia armada.

Sin embargo, de que algunos lucraron y se aprovecharon de ciertas situaciones cuando estuvieron en el poder de una organización de izquierda o cerca del gobierno nacional de turno, la gran mayoría fue coherente y consecuente con sus principios. Ser de izquierda implicaba riesgos, en los que la familia era la que más tenía que padecer, por lo que algunos cayeron en las tentaciones del “hombre del maletín” que ofrecía la derecha. Los riesgos de estar en la izquierda implicaban un temor, pero ahí se veía quién era realmente quién, pues presentarse públicamente de izquierda podía significar menos oportunidades laborales y por ende económicas, por lo que muchos optaron por no declararse de esa tendencia aunque en el fondo se sentían simpatizantes de la izquierda.

Cuando nosotros estuvimos estudiando en la universidad, conocimos a algunos que se decían de izquierda pero que luego se declararon abiertamente de derecha, es decir, procedieron a asumir puestos en los partidos y organizaciones de la burguesía y del Estado colonial. El declararse de derecha abría muchas puertas o escalar puestos dentro del sistema, lo que en lenguaje marxista se denomina “el arribismo pequeño-burgués”. Otros, un poco más honestos, simplemente se alejaron de sus luchas y optaron por acomodarse económicamente dentro del sistema lo mejor que sea posible, aunque guardaban cierta simpatía por la izquierda.

Obviamente, la gente de derecha era mayoría en relación a la de izquierda, o había mucha más gente declarada de derecha o de centro, que de izquierda. Como de igual manera el pensamiento de la sociedad nacional era mayoritariamente de derecha, o estaba formada por la derecha en sus principios y valores conservadores y liberales, ambas de origen eurocéntrico. Es más, durante una gran época decirse “marxista” o “socialista” o “comunista”, hasta era una “mala palabra”, por lo que muchos tenían el orgullo de decirse: conservador o liberal o socialdemócrata o demócrata-cristiano, etc.

Así, funcionaba el imaginario de izquierda dentro de la sociedad, hasta que llegó la época de los autodenominados “gobiernos progresistas”. Al principio, muchos personajes tradicionales de la izquierda estuvieron conformando parte de estos gobiernos, pero luego fueron desplazados o se retiraron voluntariamente. Los que se quedaron, aunque ya no figuraban en puestos estelares, lo hicieron bajo el argumento de que había que seguir luchando al “interior de la revolución”, y decidieron tomar distancia con los que optaron hacerlo desde afuera, es decir, prefirieron ser compañeros y aliados de los nuevos personajes de izquierda que habían aparecido de sopetón en la época “progresista”, que de los viejos compañeros de lucha.[1]

Los que se quedaron adentro, tenían muchas críticas al interior de sus feudos hacia los gobiernos “progresistas” y que en muchos casos coincidían sus puntos de vista con los que estaban afuera, pero lo exteriorizaban parcialmente o preferían guardar silencio por “táctica política”, ya que consideraban que había que ir avanzando poco a poco. Algunos de ellos, están esperando que haya las condiciones “objetivas” y “subjetivas” para “asaltar la dirección de los partidos progresistas” y luego proceder a la “toma del poder” del Estado-nación e impulsar su proyecto “verdaderamente” revolucionario.

Por su parte, los de afuera optaron por desenmascarar a los progresistas, bajo la visión de que son la “nueva derecha” pero con lenguaje de “izquierda. Siendo su propósito derrotar electoralmente a progresistas, socialdemócratas, neo-liberales, etc., para de igual manera realizar una “verdadera” transformación desde el gobierno central del estado criollo-burgués. Olvidándose o sin aprender hasta ahora, que “Las sociedades que quisieron imponer la igualdad desde arriba no lograron mayor equidad. Los países nórdicos son los más igualitarios sin un sistema autoritario ni verdad única.”[2]

Sin embargo, lo más extraño o raro de esta época del socialismo del siglo 21, es que de la noche a la mañana aparecieron muchos personajes en los gobiernos progresistas que se decían de izquierda, revolucionarios, socialistas, cuando anteriormente se codeaban o bamboleaban por los pasillos de la derecha. Y otros, que simplemente se habían dedicado a acumular títulos académicos y que les importaba un bledo la política, aparecieron como por arte de magia reclamándose de izquierda o revolucionarios. Eran en su gran mayoría una serie de tecnócratas, que se habían dedicado a estudiar en las mejores universidades del “imperialismo” y del “eurocentrismo”, y que tenían un cierto sentido social, pero más que todo un cierto sentido para acomodarse y aprovecharse del poder. Uno de ellos, incluso llegó a ser presidente del Ecuador (Rafael Correa), mientras en los demás países “progresistas” fueron viejas figuras de la izquierda las que llegaron al poder central.

Muchos de estos tecnócratas y que pasaron a conformar la burocracia del estado capitalista, no tuvieron empacho en declararse de izquierda en un simple pestañeo, bajo el argumento de que eran “una izquierda moderna” o una “nueva izquierda”; procediendo a la izquierda tradicional simplemente a encasillarla como extremista, de esta manera separándose y marcando diferencia con la vieja izquierda, presentándola ahora como caduca o atrasada y que le “hace el juego a la derecha”.

Para muchos fue fácil adherirse a esta izquierda, en tanto, al mismo tiempo se podía ser católico, positivista, cartesiano, liberal, empresario, moderno, indigenista, etc. Todo un posmodernismo en la que cabía todo, bajo el membrete de “izquierda moderna”. Actualmente se ha vuelto normal, común y corriente, ver a una serie de personas provenientes de la pequeño-burguesía y hasta de la burguesía (empresarios), como ministros, asesores, asambleístas, representantes, autoridades, de los gobiernos de izquierda. Toda una serie de “añiñados” o de gente light encabezando una serie de funciones y organismos nacionales e internacionales a nombre de la “izquierda”.

Incluso, hemos llegado al extremo de ver a gente tan superficial e incompetente como Maduro o Diosdado Cabello, como máximos dirigentes de una “revolución de izquierda”. Siendo realmente patético y el ejemplo más claro, de adonde ha llegado la izquierda. Da vergüenza ajena ver a la generación de “revolucionarios” que han aparecido en la “década ganada”. Cabello, acaba de señalar que "Tiene que aparecer un Hugo Chávez algún día en Colombia”, en concordancia con otra frase de Maduro que decía: “"Cuidado les sale un Chávez en Colombia. Colombia lo que necesita es un Chávez para que ustedes vean cómo ese pueblo se va detrás de ese Chávez". En estas frases podemos semánticamente leer quienes son estos “revolucionarios”, que creen que el problema de la historia es de que aparezcan grandes mesías que puedan acabar con las penurias de los pueblos.

Éste, el populismo de los gobiernos progresistas, desde los más burdos hasta los más sofisticados o lactosados como García Linera. Como bien señala Zibecchi: “La izquierda es parte del problema, ya no la solución. Porque, en rigor, aunque ahora empiecen los deslindes, los progresismos son hechuras de la misma urdimbre. Miremos al PT de Lula. Niegan la corrupción que es evidente desde hace una década, cuando Frei Betto escribió La Mosca Azul luego de renunciar a su cargo en el primer gobierno Lula, cuando se destapó el escándalo del mensalao.[3]”

Así, como un día desaparecieron las diferencias entre conservadores y liberales, en otra hora acérrimos enemigos, van desapareciendo las distancias entre la derecha y la izquierda, y llegará un momento en que serán lo mismo, como ahora lo son conservadores y liberales que han pasado a constituir el neoliberalismo. Y esto sucede, porque la disputa entre derecha/izquierda es tan solo al interior del paradigma eurocéntrico, pero con el emerger de otros paradigmas provenientes desde la alteridad o de fuera del eurocentrismo, se ven más claramente otras dicotomías que por 500 años ellos no las quisieron ver. Al respecto Zibecchi dice: “La polarización derecha-izquierda es falsa, no explica casi nada de lo que viene sucediendo en el mundo. Pero lo peor es que la izquierda se ha vuelto simétrica de la derecha en un punto clave: la obsesión por el poder.”

El eurocentrismo solo veía un problema de clase social, pero ahora se entiende que hay de género, de especie, de cultura, etc., pero principalmente que es ontológico y epistémico. El eurocentrismo puede ahora llegar a debatir lo de género o de cultura, pero se niega a confrontarse con otras epístemes a las cuales las sigue considerando posturas étnicas o pseudo-filosofías, o para-ciencias, etc.

El eurocentrismo ha dado su brazo a torcer en cuanto a las contradicciones al interior de sus concepciones, pero con respecto a otros paradigmas de las periferias o de las externalidades, las sigue inferiorizando o racializando para no entrar y asumir otras dimensiones y categorías. El enclaustramiento del eurocentrismo no les permite mirar más allá de sus narices, convencidos de que son el principio y el fin del conocimiento. Y la izquierda en general sigue esta línea, la alteridad sigue siendo menor a todas las epístemes de occidente, en especial al pensamiento marxista considerado el más avanzado de la historia humana. Es más, para la academia la alteridad no tiene epístemes, filosofías, ciencias, pues ésta es una capacidad exclusiva que ha desarrollado occidente.

La izquierda occidentalizada, ahora es una izquierda conservadora en relación a la racionalidad de la alteridad que tiene muchas variables que admiten la convivencia con la diferencia y la diversidad, al contrario, de muchas cargas hegemónicas y homogenizantes que tiene el pensamiento piramidalista eurocéntrico, en su lado derecho e izquierdo. Por ejemplo, lo indígena para la izquierda es un problema de clase, y para otros un poco más profundos, es una cuestión de identidad. Pero para la racionalidad indígena es algo mucho más amplio y que tiene que ver con una manera de concebir el mundo y de un modo de vivir. No se trata de conservar la lengua o ciertos ropajes o determinadas fiestas, sino de una serie de epístemes que diferencian distintas formas de relacionarse con el mundo, y que dan un sentido distinto: del trabajo, de la enfermedad, de la economía, de la muerte, del tiempo, de la naturaleza, de los ancestros, del futuro, de la espiritualidad, etc. Para la izquierda eurocentrada, es una cuestión de fenotipos o de etnias o de razas o de culturas: blancos, negros, indios, mestizos. Ésa, una visión racista y/o culturalista, puesto, que lo que diferencia a los seres humanos son sus posiciones epistémicas y sus actitudes ontológicas.

Es más, con la globalización en curso, hoy la mayoría de personas con fenotipo indígena/negro piensan y viven eurocéntricamente. Son muy pocos, los que manejan lo que se denomina la “racionalidad indígena” o “cosmovisión indígena” o “filosofía indígena”. Incluso, hay más mestizos que indios que las conocen. Muchos ecologistas y ambientalistas que viven en formas sustentables de vida y que realizan producción agroecológica, están más cerca de las epístemes indígenas o ancestrales, que muchos indios que adoran al Dios del colonizador y que utilizan una serie de pesticidas que hacen tanto daño a la pachamama.

Son este tipo de gente alternativa, la contradicción y diferencia con el eurocentrismo de derecha e izquierda. Son los tercero-excluidos del esquema eurocentrado, que siempre los desplazó y los inferiorizó o minorizó, no solo por su clase o por su etnia, sino principalmente por sus epístemes a las que consideraban (y consideran) salvajes y primitivas. Son los anatemas de quienes se han creído los dueños del conocimiento o del pensamiento único y universal, y que les segregaron o excluyeron, no solo por su fenotipo sino ante todo por sus formas de concebir la “realidad”, calificándolas de endemoniadas o esotéricas.

Cada época tiene sus personajes revolucionarios, como en una época fueron los materialistas con respecto a los idealistas, los positivistas con respecto a los subjetivistas, los liberales con respecto a los conservadores, las izquierdas con respecto a las derechas, hoy, son los “alternativos”, los “tercero-excluidos”, los “anatemas”, del eurocentrismo liberal y marxista los que son lo transformador, lo profundo, lo integral, lo holístico, lo complejo. La izquierda tendría que descolonizarse para ser parte de la rebeldía anatemista, o debería resignificarse para que sea otro miembro más de lo alternativo, o reinventarse para incorporarse a los tercero-excluidos.

Sin embargo, esa sería una tarea muy dura, como la de los eco-marxistas o eco-socialistas, que son parte del eurocentrismo de izquierda y que tratan de renacer lo desvencijado, que siguen creyendo que el marxismo y el positivismo son el todo, cuando son una parte del conocimiento. O ciertos decoloniales que critican la colonialidad con las mismas epistemes, principios, categorías y variables del pensamiento civilizatorio o eurocéntrico. Que hablan de la alteridad pero que desconocen sus epístemes y ontologías, y que los diferencian como otredad por sus fenotipos. Mientras ellos siguen hablando desde la dicotomía occidental derecha/izquierda, en la alteridad se habla verticalmente: los de arriba y los de abajo. “Lenin se encargó de explicarnos que las revoluciones difícilmente se hacen de abajo para arriba y, aunque la lección costó la vida a millones de vidas y reclusiones en gulags, somos muchos los que nunca terminamos de entenderla.”[4]

Cuando, quizás, lo más simple y sabio sea hacer una revolución interna, sintonizándose con la racionalidad de la alteridad para caminar a grandes y hondos cambios, antes que el extractivismo -de derecha e izquierda- termine con la especie humana. “Las izquierdas, huérfanas de proyecto, tienen la urgencia de abandonar las utopías que vinieron del XIX por otras para los tiempos actuales.”[5]

Notas:

[1] “LA IZQUIERDA. A la luz de lo sucedido en la región en las dos últimas décadas, podemos arribar a una redefinición del concepto de izquierda: es la fuerza política que lucha por el poder, apoyándose en los sectores populares, para incrustar sus cuadros en las instituciones que, con los años y el control de los mecanismos de decisión, se convierten en una nueva elite que puede desplazar a las anteriores, negociar con ellas o fusionarse. O combinaciones de las tres.” Raúl Zibecchi, “Cuando la izquierda es el problema”.

[2] Jorge León, “Tanto sacrificio para lo mismo”, El Comercio-Quito 07/2017.

[3] Raúl Zibecchi, “Cuando la izquierda es el problema”. 

[4] Jorge Suazo, “Nosotros los populistas, los idiotas de la historia”, Página Siete-La Paz 16/07/17.

[5] Jorge León, “Tanto sacrificio para lo mismo”, El Comercio-Quito 07/2017.

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