¿Qué haría Jesús?

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14 Outubro 2016

"Los estudios de cristología nos dicen que, en los tres años de su vida itinerante, Jesús convivió la mayor parte del tiempo con aquellos que no tenían lugar dentro del sistema social y religioso de la época. Jesús pasó a ser conocido como “amigo de publicanos y pecadores”. Recibe a los rechazados: los inmorales (prostitutas y pecadores), los herejes (samaritanos y paganos), los impuros (leprosos y poseídos), los marginados (mujeres, enfermos y niños), los colaboradores del imperio (publicanos y soldados), los débiles (los pobres sin poder)", escribe Carlos Ayala Ramírez, director de la Rádio Ysuca, de la Universidad Centro-Americana "José Simeón Cañas" - UCA, de El Salvador.

Vea el artículo abajo.

Hace unas semanas, el papa Francisco, en rueda de prensa concedida durante su viaje de retorno de Azerbaiyán a Roma, respondió a una pregunta sobre el acompañamiento a las personas transexuales. La interrogante concreta fue la siguiente: “¿Qué cosa diría a una persona que ha sufrido por años con su sexualidad […] que su aspecto físico no corresponde a lo que él o ella considera su identidad sexual […]? ¿Cómo acompañaría a estas personas?”. El obispo de Roma contestó:

Yo he acompañado en mi vida de sacerdote, de obispo, incluso como papa, he acompañado a personas con tendencia y con prácticas homosexuales. Las he acompañado y las he acercado al Señor. Algunos no pueden, pero les he acompañado y nunca he abandonado a ninguno. Esto se ha hecho. Las personas se deben acompañar como las acompañaría Jesús. Cuando una persona que tiene esta condición llega ante Jesús, [Él] seguramente no le dirá: “¡Vete, porque eres homosexual!”.

Así pues, el criterio de actuación es el modo de proceder de Jesús de Nazaret, quien —como se afirma en los Hechos de los Apóstoles— “pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con él”. En esta línea, en el libro El nombre de Dios es misericordia, Francisco sostiene que ante todo hay que hablar de “personas homosexuales”, porque primero está la persona, con su entereza y dignidad, pues a nadie se le define solo por su tendencia sexual. Y en la exhortación apostólica Amoris Laetitia afirma que toda persona, independientemente de su identidad sexual, ha de ser respetada en su dignidad, procurando evitar “todo signo de discriminación injusta”, y particularmente cualquier forma de agresión y violencia.

Ahora bien, este principio —aplicado por el papa en el contexto de la atención pastoral a las personas homosexuales y transexuales— es, en realidad, el criterio por excelencia del comportamiento cristiano desde sus orígenes. John Dominic Crossan, estudioso del cristianismo primitivo, sostiene que esta valoración es primordial, porque el pueblo cristiano no es un pueblo del libro, sino con el libro. Explica que el Evangelio de Juan no dice que “Dios amó tanto al mundo que nos dio” un libro, sino que “entregó a su Hijo único”. Recuerda que, durante cientos de años, los cristianos se han preguntado qué haría Jesús, no qué diría la Biblia. Por consiguiente, enfatiza, Cristo es la norma del Nuevo Testamento y de toda la Biblia. Por esta razón, nos llamamos cristianos y no biblianos. Y lo primero que hizo Jesús es liberar al ser humano de sus opresiones. Y lo hizo mediante prácticas concretas.

Los estudios de cristología nos dicen que, en los tres años de su vida itinerante, Jesús convivió la mayor parte del tiempo con aquellos que no tenían lugar dentro del sistema social y religioso de la época. Jesús pasó a ser conocido como “amigo de publicanos y pecadores”. Recibe a los rechazados: los inmorales (prostitutas y pecadores), los herejes (samaritanos y paganos), los impuros (leprosos y poseídos), los marginados (mujeres, enfermos y niños), los colaboradores del imperio (publicanos y soldados), los débiles (los pobres sin poder). Jesús combate los males que destruyen la vida humana. Retoma el proyecto del Padre y procura liberar la vida de todo lo que la oprime: el hambre, la mentira, la indolencia, el abandono, la marginación, las malas leyes, la injusticia, el sufrimiento y el miedo. Jesús denuncia a los escribas y fariseos. En una sociedad profundamente religiosa, ambos representaban un gran poder, religioso, intelectual y simbólico. La gran preocupación de Jesús era cómo usaban ese poder: para llevar a los hombres a Dios o para oprimirlos. Cuando ocurre esto último, Jesús denuncia su hipocresía y pone en guardia a la gente contra ellos.

Se dice que lo mejor que puede ofrecer el cristianismo al mundo de hoy es Jesús de Nazaret. Así lo plantean teólogos como José Antonio Pagola, Jon Sobrino, Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Xavier Alegre y José Ignacio González Faus, entre otros. Más todavía, así lo ha proclamado el papa Francisco con gestos y palabras. En Evangelii Gaudium expone la necesidad del encuentro personal y salvífico con Jesús. Y si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, indica, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Hará falta clamar cada día, pedir su gracia, para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Toda la vida de Jesús, recalca el pontífice, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida. ¡Qué bien nos hace, expresa Francisco, mirar a Jesús cercano a todos! Y en seguida enlista algunas de las actitudes que proyectan a Jesús como el modelo de “projimidad”, es decir, de cercanía fraterna:

Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una profunda atención amorosa […] Lo vemos accesible cuando se acerca al ciego del camino y cuando come y bebe con los pecadores, sin importarle que lo traten de comilón y borracho. Lo vemos disponible cuando deja que una mujer prostituta unja sus pies o cuando recibe de noche a Nicodemo. La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo de vida que marcó toda su existencia.

Finalmente, Francisco llama a que, cautivados por este modelo, compartamos la vida con todos, colaborando con ellos en sus necesidades, y comprometiéndonos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, sino por vocación.

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