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06 Fevereiro 2019

Sergio Méndez Arceo. México, †1992

Obispo de Cuernavaca, Patriarca de la Solidaridad. Antiguo obispo de Cuernavaca. Profeta de América Latina. Padre de los pobres del continente. Precursor de todos los cambios en la Iglesia del siglo XX. Presidente y luego miembro del Tribunal de los Pueblos. Buscador incansable de la paz y la justicia por las rutas del mundo. Muere en México a los 84 años, repentinamente, como había querido. Y de mañana, porque la noche anterior tiene que escribir aún.

Blanco de polémicas dentro y fuera de la Iglesia, afirma: "¿Rebelde? Nunca he sido rebelde. He sido libre". Hijo de la burguesía mexicana, lee a los clásicos y colecciona mapas a los 10 años y sus últimas cartas, del 30 de enero, son para el presidente Alfredo Cristiani, el arzobispo Arturo Rivera y Damas y para el comandante guerrillero Shafik Handal, de El Salvador. Trasuntan su gozo por la paz recién firmada para "esa tierra empapada en sangre".
De joven quiere ser matemático, pero opta por el sacerdocio. Ordenado en Roma en 1932, es atraído por la Historia de la Iglesia y obtiene el doctorado en la Universidad Gregoriana. Dotado de una inteligencia privilegiada y de una vasta cultura, en Europa se abre al pensamiento humanista y sus compañeros latinoamericanos le descubren la realidad de sus países. Lo "latinoamericano" pasa a ser su centro de interés. Vuelve de Roma como el clásico sacerdote conservador, aunque conociendo las miserias y virtudes de una Iglesia que ama apasionadamente durante toda su vida. Profesor y director espiritual del seminario, historiador de México, es nombrado obispo de Cuernavaca, en el estado de Morelos, en 1952. Le cuesta cortar su carrera de intelectual. Además, "es un pueblo de pobres", le cuentan. Aunque con una historia rica: conserva las huellas del esplendor colonial y de allí salen los líderes campesinos de la independencia, aunque la realidad social no ha cambiado mucho en cinco siglos. Caldo de cultivo para Don Sergio, hombre de Dios, sensible a todas las formas del quehacer humano, se vincula a gente de la cultura -liberales y ateos- asombrados de que un obispo se les acerque. Quiere cambiar las relaciones de la Iglesia con ese entorno.
En 1955 asiste a la Iª Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en Río de Janeiro, donde conoce otras experiencias pastorales. En 1957 ve su catedral, monumento arquitectónico, como una maraña de signos indescifrables para el pueblo y la convierte en un espacio luminoso y bello donde la atención se centra en una gigantesca inscripción: ID Y EVANGELIZAD A TODAS LAS NACIONES, en la gran cruz y en la imagen de María de Guadalupe. Desde allí -imponente su figura, con su cayado de palo- desmenuza el Evangelio para su gente y entra la festiva música de los mariachis. Para 1962 se han distribuido en la diócesis 10 mil biblias y 30 mil nuevos testamentos. En torno a la Palabra de Dios surgen las primeras comunidades. La reforma litúrgica -antes del Concilio-, el apoyo al abad benedictino Lemercier en la renovación de la vida religiosa y al Centro Intercultural de Documentación -CIDOC-, del sacerdote Iván Illich, de decisiva influencia en los cambios de la Iglesia latinoamericana, escandalizan al episcopado mexicano y las acusaciones llegan hasta Roma. Don Sergio comparece ante el Santo Oficio, pero se niega a responder a las preguntas "indignas para un obispo", dice. Consigue una audiencia con el Papa Pablo VI, que lo recibe fríamente: "¿Por qué quiere destruir a la Iglesia?", le espeta. Hora y media bastan para entenderse. Pablo VI ve en él al hombre crítico, buscador de la justicia, libre. Y Don Sergio sigue el consejo que le diera un día Juan XXIII: "Fórmese su conciencia y proceda." Y avanza en su compromiso social y político.
El Secretariado Social Mexicano, a cargo del sacerdote Pedro Velásquez, le da elementos para un correcto análisis de la realidad y él toma posiciones cada vez más lúcidas, más valientes en favor de los pobres. En los conflictos obreros, campesinos, estudiantiles es parte, no juez, que está siempre del lado de las víctimas de la violencia estructural. Padre conciliar, opina del Vaticano II: "En el Concilio, la Iglesia estuvo abierta a la modernidad burguesa. Medellín, en cambio, recoge realmente el clamor de los pobres, que antes no habíamos entrevisto claramente."
En 1972 asiste al Primer Encuentro de Cristianos por el Socialismo, en Santiago de Chile: "Mi presencia aquí es decisión mía, plenamente conscientes... Creo que no nos hemos atrevido a denominar cristiano, explícita y directamente, al capitalismo... pero sí hemos sido cómplices, tanto en la conformación del sistema como en su defensa", dice entonces. Visita a los obispos cubanos como un servicio pastoral y ellos lo consideran realmente un hermano, crítico, pero sincero. Fidel Castro, lo mismo, y le manda habitualmente su caja de cigarros.
El 12 de febrero de 1978 lee en la misa de Cuernavaca una declaración que escriben en Cuba el sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, Carlos Comín -cristiano del Partido Comunista español- y Don Sergio: "La Iglesia no puede prescindir del acontecimiento crucial en que está inmersa y que conmueve a todo el pueblo cubano: la construcción revolucionaria. Su suerte no puede separarse de la suerte del pueblo que vive bajo la constante amenaza del imperialismo", afirman. Don Sergio en Nicaragua, declara: "No vengo de paseo... Vengo como revolucionario, como amigo. Yo no soy juez, soy parte". Como Presidente del Tribunal de los Pueblos, escribe a los obispos de Estados Unidos de América, después de la invasión a Granada: "Su gobierno vuelve a utilizar el método de las invasiones, que no solamente son violatorias de múltiples derechos, sino principalmente tronchan inmisericordemente realizaciones, alegrías e ilusiones de muchos pueblos."
Al cumplir sus Bodas de Plata episcopales no recibe la habitual carta del Papa -ya Juan Pablo II- para estas ocasiones. Eso le causa dolor, que expresa más tarde, al presentar su renuncia, al cumplir 75 años. Don Sergio responde siempre a las críticas e incomprensiones con paz e indulgencia. Nunca se siente perseguido. Asiste a los funerales del asesinado obispo de San Salvador, a quien llama desde entonces "San Oscar Arnulfo Romero". Sufre la represión junto al pueblo. A su lado caen los mártires anónimos. En ese momento decide organizar el Comité de Solidaridad con El Salvador, hoy el SICSAL, extendido por todo América y Europa. Al dejar el obispado, en 1983, Don Sergio tiene ahora como catedral el cielo de América latina. Lo vuelven a ungir simbólicamente, en la iglesita de un suburbio de México, los exiliados. "Seguiré siendo el amigo de todos los latinoamericanos perseguidos, oprimidos, torturados...", dice en aquel momento.
Se retira después al pueblito nahua de Ocotepec, donde celebra misa en su parroquia, recordando al santo o mártir de ese día, que lee en el primer volumen de este martirologio, lleno de apuntes y agregados. Sigue trabajando 12 horas diarias y conduciendo su automóvil por entre los cerros. El Señor lo llama sin dejarlo terminar el prólogo de ese libro que queda sobre su mesa. Enterado de su muerte, no le bastan a su pueblo dos largos días para llorarlo y celebrarlo. La primera estación es en San Pedro Mártir: obreros, campesinos y exiliados lo reciben con repique de campanas, bombas de estruendo, llanto y millones de pétalos, que ya no dejarán de caer sobre su ataúd. Después, a Cuernavaca, volcada en las calles y a su catedral, adonde entran nuevamente los mariachis. El pueblo entona cantos religiosos y populares mientras lo acompaña por barrios y poblados circundantes. El 8 son las exequias en la catedral. A los sermones fríos, anecdóticos de sus sucesores, que no destacan su lucha y su profetismo, responde la gente con un: "Queremos obispos al lado de los pobres", como un clamor que va subiendo hasta saturar el aire de la ciudad. La despedida definitiva es con la canción que millares de jóvenes de todo el mundo entonan en campamentos y encuentros: "No es más que un hasta luego... no es más que un breve adiós..." Quizá la misma que hubiese elegido Don Sergio, con su inmensa fe y su sentido del humor, para acompañar su entrada a la Casa del Padre.
Acabamos con un fragmento de su homilía del 30 de noviembre de 1984: "Bienaventurados los que sufren persecución, los que por la justicia sufren persecución... Entonces, todos nuestros pueblos golpeados y oprimidos los podemos considerar bienaventurados: cuando realmente anhelan la justicia y, por tanto, en estos momentos, aquellos que ya pasaron la última prueba de dar la vida por sus anhelos, nos producen gozo, el gozo de tantos hermanos que forman con Jesús el cielo, el cielo que buscamos, la plenitud del Reino".


 

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