El Papa: “Cuando predico debo ver a los ojos”

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11 Novembro 2016

En el seminario, cuando todavía no era sacerdote, Jorge Mario Bergoglio estaba en contra de las homilías escritas por completo y le respondió al profesor que un poco sorprendido le preguntaba el motivo: «Si se lee, no se puede ver a la gente a los ojos». Es una de las anécdotas que cuenta Papa Francisco en la conversación con el padre Antonio Spadaro que aparece como introducción en el libro «En tus ojos está mi palabra», un volumen de mil páginas que contiene las homilías y los discursos pronunciados en Buenos Aires entre 1999 y 2013.

El reportaje es de Andrea Tornielli, publicado por Vatican Insider, 10-11-2016.

«Cuando en el seminario nos enseñaban homilética —cuenta el Pontífice—, yo ya advertía una fuerte aversión por las hojas escritas en las que estaba todo. Y esto lo recuerdo bien. Estaba y estoy convencido de que entre el predicador y el pueblo de Dios no debe haber nada en medio. No puede haber un papel. Un apunte escrito sí, pero no todo completo». Y todavía en la actualidad, prosigue Bergoglio, sigo «buscando los ojos de la gente. También aquí en la Plaza San Pedro. Cuando yo saludo está la masa. Pero no la veo como masa: trato de ver por lo menos a una persona, un rostro preciso. A veces es imposible debido a la distancia. Es feo cuando estoy muy lejos. A veces lo intento sin lograrlo, pero lo intento. Si lo intento, veo que hay algo, que surge algo. Si veo a uno, tal vez los demás se sientes vistos. No como “masa”, sino como individuos, como personas. Yo veo a los individuos y todos se sienten vistos».

Claro, admite Francisco, ahora «obviamente aquí tengo que leer a menudo las homilías. Y entonces me acuerdo de lo que decía cuando era estudiante. Por eso muchas veces me salgo del texto escrito preparado, añado palabras, expresiones que no están escritas. De esta manera veo a la gente. Cuando hablo, tengo que ver a alguien. Lo hago como puedo, pero tengo esta profunda necesidad… Tengo este impulso de salir del texto, de ver a los ojos».

En la conversación que introduce el volumen, Papa Bergoglio cuenta por primera vez cómo nacen las homilías de la misa matutina en Santa Marta, la cita que caracteriza más que otras su Pontificado, el magisterio de todos los días con el comentario de la Escritura, y que es seguido por muchísimas personas en todo el mundo. «Comienzo el día anterior —revela al entrevistador—, a medio día del día anterior. Leo los textos del día después y, generalmente, elige una de las dos lecturas.

Después leo en voz alta el pasaje que elegí. Necesito escuchar el sonido, escuchar las palabras. Y después subrayo en el liberto que uso las que me llegan más. Hago circulitos sobre las palabras que me llegan. Después, durante el resto del día las palabras y los pensamientos van y vienen mientras hago lo que tengo que hacer: medito, reflexiono, saboreo las cosas… Pero hay días en los que llega la noche y no me viene a la mente nada, en los que no tengo idea de qué voy a decir al día siguiente.

Entonces hago lo que dice san Ignacio: consulto con la almohada. Y entonces, inmediatamente, cuando me despierto, viene la inspiración. Llegan cosas justas, a veces fuertes, a veces más débiles. Pero es así: me siento listo».

Entonces, para las breves homilías matutinas en Santa Marta, Francisco no se sirve de textos escritos ni de apuntes. Pero, para llegar a decir lo que dice, necesita muchas horas de preparación espiritual. «Siempre —afirma en otro pasaje de la conversación con el padre Spadaro—, siempre, predicar me ha hecho bien. Me ha hecho feliz».

El Papa cuenta también algunos encuentros y experiencias que ha vivido con las personas, en el confesionario, en los diálogos personales y describe cómo lo ha ayudado todo esto en sus predicaciones. «Entre más cerca estés de la gente, más predicas, o mejor, más acercas la Palabra de Dios a sus vidas. Así se relaciona la Palabra de Dios con una experiencia humana que necesita esa Palabra. Entre más te alejes de la gente y de los problemas de la gente, entre más te refugies en una teología enmarcada por el “se debe y no se debe”, que no comunica nada, que está vacía, es abstracta, perdida en la nada, en los pensamientos… A veces, respondemos con nuestras palabras a preguntas que nadie hace».

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